La narrativa  del feminismo mayoritario suele ser algo como que en todo tiempo pasado, la historia ha consistido en la división de la humanidad en dos clases, por un lado las mujeres como víctimas inocentes clamando por sus derechos, y por otro lado los hombres, como opresores y privilegiados que se los negaban.   Esta narrativa, que es una versión de la lucha de clases marxista aplicada al ámbito familiar,  es plenamente aceptada, no solo a nivel político, también a nivel académico y entre personas educadas y cultas.  Desafiar esta visión parece entonces, algo propio de herejes o de locos, cualquiera que se atreva a hacer tal cosa, no es nada mas que un “machista”.

Pero la palabra “machismo” es un insulto, y no es un insulto inocente sino que responde a una agenda ideológica concreta.  Al igual que la narrativa de “lucha de clases” aplicada al “género”,  “machismo”  es una palabra aceptada y utilizada ampliamente, y es una palabra con poder,  por algo es utilizada  para derribar carreras políticas,   algo que, por si solo,  debería ser prueba  suficiente para desmentir el dogma de que  vivimos en un  “patriarcado”  donde los políticos son mayoritariamente hombres porque “el sistema”  les da privilegios a costa de robárselos a la mujer.  Sí, los políticos pueden ser mayoría hombres, pero que se sepa vivimos en una democracia, por tanto los políticos en teoría están al servicio de sus votantes, y sus votantes son  mayoritariamente, mujeres.

Esa entre otras razones, me llevan a evitar en lo posible el término “machista”. La palabra correcta para mi es tradicionalismo, “machismo” sugiere  que los roles de género tradicionales son culpa de un solo sexo: el macho de nuestra especie, como si las mujeres jamás hubieran defendido y justificado dichos roles. Creo que las evidencias muestran que eso no es cierto. Muchas mujeres perpetuaron dichos roles, ya que eran ellas, según las propias hipótesis feministas, las que quedaban “encerradas” en casa cuidando de los niños, educándolos y transmitiendo los memes,  las mitologías y la moral de cada época.

Como  nos cuenta el historiador bermejo barrera en El mito Griego y sus interpretaciones,  uno de los motivos por los que Platón  condenaba a Homero, a la mitología  y  la poesía, es que estas  eran  “patrimonio del pueblo” y según decía  “La recitan los rapsodas, pero también es conocida, en forma de narraciones míticas, por las madres, nodrizas y abuelas, que la inculcan a los niños en su más tierna infancia, imprimiendo en sus almas una impronta que perdurará a lo largo de toda su vida.”

A la sociedad griega se la ha acusado de ser muy “machista”, así como a Platón y al mismo Homero.  Independientemente de esto,  como vemos, las ideas y  mitologías, con sus representaciones y sus  narrativas que establecían y legitimaban  los roles de género, eran transmitidas también por mujeres, y no parece en principio que estuvieran descontentas o quisieran renunciar a dichos roles.  Negar que las mujeres tienen, al menos,  parte de responsabilidad en la perpetuación y transmisión de estos roles es negar los hechos.

Esta responsabilidad a la hora de perpetuar roles tradicionales queda también patente en como mujeres como  Victoria Kent, que segun  Wikipedia era una “feminista” andaluza destacada, se opusiera al sufragio femenino en España, o que muchas de las asociaciones opuestas al voto femenino   en EEUU estuvieran  formadas íntegramente por mujeres.  Grupos  como La Illinois Association Opposed to the Extension of Suffrage to Women (Asociación  de Ilinois Opuesta a la Extensión del Sufragio a las Mujeres):

Esta asociación fue creada en 1897 por la novelista de Chicago Caroline F. Corbin, que consideraba que el sufragio femenino serviría como  promotor de las “diabólicas”  ideas socialistas, que destruirían la familia tradicional  y por tanto dañarían a la mujer. Al contrario curiosamente  que nuestra Victoria Kent, que consideraba  el voto femenino como aliado de la derecha.

La Asociación de  Ilinois Opuesta la Extensión del Sufragio a las Mujeres (IAOESW por sus siglas en inglés), como vemos en la imagen, afirmaba que imponer a las mujeres  las mismas  obligaciones que se imponían a los hombres como contrapartida a su derecho al voto, obligaciones que según el documento no podían separarse de tal derecho,  iría en contra de sus propios intereses, pues socavaría la  capacidad de la mujer para cumplir con sus responsabilidades cívicas como madres y esposas, un papel que no consideraban denigrante ni que las dejara en una posición inferior a la del varón, sino que era un deber “sagrado” y tan importante como cualquier otro.  Además, decían,    la mujer ya estaba plenamente representada en los votos de su marido, Hermanos e hijos.

Del mismo modo, como  ya hemos visto,   hubo muchos hombres favorables al  voto   femenino,  como La Liga Nacional de Hombres por el Sufragio Femenino:

En conclusión, ni todos los hombres eran anti-sufragistas ni todas las mujeres eran sufragistas, por lo tanto,  tenemos aquí   otro motivo por el que culpar de los roles de género tradicionales al varón con la palabra “machismo” es totalmente injusto, igual que  injustas son las representaciones maniqueas del cine y la televisión de los hombres en conjunto oponiéndose ferozmente a las mujeres que demandaban el voto.  Hasta tal punto es injusto, que a la mujer le otorgó dicho derecho, sin las “obligaciones” que en aquel  entonces, eran inseparables de tal privilegio.

Podríamos ir más atrás, a una interesante historia que tiene que ver con Isabel la Católica, una mujer que parecía tener tan poca “conciencia de clase” con respecto  a su “género” como conciencia  del “patriarcado” que la oprimía,  y sin embargo, en  ocasiones también se la presenta, al igual que a  Victoria Kent, como un icono del feminismo.

Es la historia de cómo y por qué se creó   en la Ciudad de Córdoba “La Ley de las Holgazanas”,   ley creada por una mujer para “oprimir” a otras mujeres, que ingenuas ellas, no consideraban  que la obligación del hombre a mantenerlas fuera algo “machista” perjudicial para su “género”.  Y  finalmente, como esta ley   fue abolida gracias a dos hombres, igualmente ignorantes del papel que cumplía su “género” en la conspiración patriarcal opresora.

Así la he encontrado relatada  aquí (negritas mías):

Hubo un tiempo que en la ciudad española de Córdoba las mujeres que querían casarse se desplazaban hasta el pueblo de Alcolea (hoy un barrio de la ciudad). No lo hacían porque no pudieran contraer matrimonio en la capital sino para burlar una ley, una ley injusta dictada por la mismísima reina Isabel I de Castilla.

Tras la conquista castellana el antiguo Alcázar andalusí de Córdoba fue fortificado por el rey Alfonso XI en el siglo XIV. Un siglo después, se alojarían en la fortaleza los Reyes Católicos durante más de ocho años y en el año 1486, Cristóbal Colón, solicitaría a los Reyes Católicos en una de sus dependencias los fondos necesarios para su aventura marítima, mostrando entonces escaso interés por parte de los monarcas. Durante su estancia en el Alcázar la reina Isabel tuvo uno de sus hijos: la infanta Doña María, futura reina de Portugal.

El pueblo, más concretamente sus mujeres, pasaban ociosamente todo el día en la plaza que se encontraba delante del palacio esperando ver a la reina asomada por las ventanas. Isabel, extrañada de ver siempre a tantas mujeres sin hacer ninguna otra cosa que esperarla, preguntó a qué se dedicaban y si ayudaban a sus maridos en el trabajo. Ellas respondieron que no “para eso estaban ellos, ¡como manda la ley!”. La reina, furiosa, les contestó que si no ayudaban a ganarlo, tampoco debían disfrutar de ello. No se lo pensó dos veces y pocos días después dictó en una de las salas del palacio la “Ley de las Holgazanas” por la que toda mujer casada en Córdoba no tendría derecho a los bienes gananciales a la muerte de sus maridos.

Y como hecha la ley, hecha la trampa, las cordobesas se iban al pueblo de Alcolea, adyacente a la capital. Y así hicieron durante casi cuatro siglos. No sería hasta el año 1802 a instancia del cordobés José Fernández “el Carnerero”, un hombre humilde que hizo fortuna gracias a la ayuda de su esposa, que decidió acudir al Alcazar para hablar con el entonces rey Carlos IV y así solicitar que la retirara. Fue cuando el monarca dictó la Novísima Recopilación en 1802, pudiendo recuperar las cordobesas sus derechos.

La misma leyenda  nos  cuenta Ramírez de Arellano en Paseos por Córdoba:

Vivía en el Barrio de Santa Marina un hombre muy pobre. Con mucho esfuerzo y ayuda de su mujer, lograron reunir un capital considerable a lo largo de los años; capital que, de morir él, pasaría a sus hijos. Viendo cuán injusta era la situación, pues había sido su mujer y no los hijos quienes ayudaron a ganarlo, resolvió ir a la capital y pedir favor ante el rey. Aunque no era un hombre de leyes, supo explicar el caso tan bien al rey que éste, conmovido por el gesto de aquel hombre justo, decidió revocar la ley de las holgazanas, siendo así que a partir de entonces todas las mujeres cordobesas pudieron heredar de sus maridos.

Como vemos  los hechos se empeñan en contradecir   dogmas popularizados y mayoritariamente  aceptados. La historia no parece confirmar la narrativa de los sexos como dos “géneros”  divididos en constante lucha,   Ni todos los hombres  conspiran contra las mujeres para oprimirlas, ni las mujeres cuando accedieron al poder defendieron a sus coetáneas.

Aunque sea cierto que los roles de género tradicionales se sostenían con mitos, y que uno de estos mitos era que la mujer  “era inferior” en algunos aspectos,  estos roles están profundamente anclados en la biología humana,  no son meramente “constructos sociales” ni son culpa de “los machos”.

Ya sea en el nuevo orden mundial o en el viejo orden mundial, en una tribu de cazadores recolectores de hace 200 mil años o en un grupo de monos del áfrica actual, la biología nos impulsa a ver al varón como  desechable y a la hembra como valiosa.  Toda sociedad si quiere sobrevivir debe proteger  a las hembras, a costa del sacrificio de los hombres  e incluso,  en contra de los intereses de las propias hembras, o al menos en apariencia.

Esta pulsión biológica que nos empuja a proteger a las hembras de nuestra especie  ha cambiado su narrativa y su mitología, el mito posmoderno para seguir protegiendo a la mujer es el mito feminista, hay que protegerla porque “esta oprimida” no porque sea “inferior”, pero el resultado último es igual.  Si buscas un culpable de los roles de género tradicionales, no busques en la teoría marxista, en la lucha de sexos o en otros mitos modernos como las teorías de género del feminismo mayoritario, no me hables de “machismos”, “micromachismos”, “nanomachismos”  ni “yoctomachismos”,  busca en la biología.

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