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Siendo este un blog relativamente reciente y aún en pleno desarrollo, no quiero avanzar más sin definir algunos conceptos básicos, que se irán analizando con profundidad en futuras entradas. Son ideas imprescindibles para entender las propuestas que aquí se exponen.  Planteamientos que a modo de faro, me  ayudaran a capear los temporales de la polémica y la disidencia ante lo establecido, en su deriva popular, académica y política.

Estas ideas no son nuevas y llevan años explorándose en el ámbito de los Activistas de los Derechos del Hombre -principalmente en inglés- y tienen su origen en la biología evolutiva. Por ejemplo, mucho de lo expuesto a continuación es un resumen de lo que nos  explica de manera mucho más brillante  este vídeo.  Para profundizar más  en la biología evolutiva, recomiendo las clases del profesor Robert Sapolsky, disponibles aquí.

La base evolutiva de la desechabilidad.

Si ignoramos todo detalle superficial podemos decir que, desde el punto de vista biológico, existen dos clases de individuos: los que producen células sexuales relativamente pequeñas, o gametos pequeños, que son llamados universalmente “machos”, y los individuos que producen gametos relativamente más grandes, las “hembras”. Los gametos femeninos se mueven menos, requieren más esfuerzo producirlos y casi siempre, son las hembras las que cargan con la cría durante la gestación.

Imaginemos entonces dos grupos diferentes, uno esta formado por nueve hembras y un macho. En el primer grupo, el afortunado macho podría fertilizar a las nueve hembras, probablemente en un solo día. En poco tiempo todas ellas tendrían descendencia y la supervivencia del grupo estaría garantizada.

Ahora imaginemos el caso contrario, el otro grupo esta formado por nueve machos y una hembra. Aun haciendo turnos, sólo uno de los machos tendría descendencia con la hembra cada vez y la capacidad de supervivencia de este grupo estaría radicalmente limitada.

Podemos sacar de aquí la siguiente conclusión: en términos evolutivos, el macho es desechable, y la hembra, valiosa. Y dado que las hembras son un recurso valioso tienden a ser más selectivas a la hora de elegir pareja y los machos tienden a ser más competitivos, deben ganarse el derecho a propagar sus genes.

Todo esto tiene consecuencias importantes en nuestros patrones de comportamiento, ya que la hembra, guiada por la pulsión de perpetuar sus genes, seleccionará un compañero sexual que pueda darle hijos que tengan a su vez una alta probabilidad de reproducirse, pero ¿que rasgos escogerá?, ¿el tipo más agresivo, grande y fuerte?, ¿el que la seduce con una impresionante exhibición de salud y buena genética?, ¿o el más implicado en el cuidado de las crías?

A grandes rasgos, podemos separar las especies en dos grupos: especies competidoras y especies emparejadas.

Las especies competidoras  se caracterizan por un marcado dimorfismo sexual, es decir son diferentes en tamaño y forma según el sexo, y también en comportamiento:  habitualmente  tienes un macho grande y fuerte, intimidando a todo el mundo y apareándose con todas las hembras, es decir, son especies son polígamas.  Por otra parte,  es la hembra la que se ocupa del cuidado de las crías, ya que el macho esta demasiado “ocupado en la oficina”, vigilando que los subordinados no le quiten el puesto. Babuinos, leones, alces, gorilas son especies competitivas típicas.

Las especies emparejadas son, por definición, monógamas, se caracterizan por un escaso o nulo dimorfismo sexual. Los machos son más selectivos, menos agresivos y se implican mucho más en la crianza. Este comportamiento se da particularmente en las aves, aunque también hay primates como el mono Tití y el Bonobo.

La guerra genética entre los sexos.

Otro rasgo fundamental que diferencia las especies competidoras de las emparejadas es la impronta genética, fenómeno por el que ciertos genes son expresados de un modo específico que depende del sexo del progenitor. Por ejemplo, durante la vida fetal, algunos genes derivados del macho impulsan un mayor crecimiento, mientras que ciertos genes derivados de la hembra intentan compensar esto y ralentizar el crecimiento. La impronta genética tiene también un marcado efecto en el cerebro y el comportamiento tras el parto.

La “lógica evolutiva” de este fenómeno genético es que como la energía y el esfuerzo que invierten machos y hembras en la gestación es distinto, también tienen “intereses” distintos: digamos que ellos buscan la cantidad, y ellas la calidad. Parece ser que la única “guerra de los sexos” que existe, esta más cercana a una escalada armamentística biológica que a una clase privilegiada dominando a la otra.

Generalmente, las especies polígamas tienen gran cantidad de genes improntados, en cambio las especies monógamas prácticamente no tienen ninguno.

Pero ¿qué hay el ser humano?.

La opinión más extendida entre los expertos es que como muchas otras especies, estamos en algún lugar intermedio entre estas dos clasificaciones. En el ser humano vemos dimorfismo sexual y tenemos genes improntados, sin embargo muchas culturas han desarrollado algún sistema de emparejamiento monógamo.

Conclusiones y predicciones.

Que el varón sea desechable y la mujer valiosa tiene una profunda raíz evolutiva. Duda por tanto de explicaciones de tipo conspirativo, ya sean de un lado, o de otro.

Hombres y mujeres son distintos y por tanto ejercen la violencia de manera diferente. Los machos son competitivos con otros machos y no lo hacen porque estén hechos de pura maldad “machúnica”, sino para ganarse el favor de la hembra, por lo tanto lo que esperaríamos ver a lo largo de la historia es a varones ejerciendo la violencia contra otros varones, y a las mujeres incitando o aprobando dicha violencia. ¿se parece esto en algo a la realidad que conocemos?

Esta competitividad masculina tiene además un lado luminoso que supera con creces al lado oscuro: es el motor de la civilización. Camille Paglia, provocadora natural, nos dice “si la civilización hubiera quedado en manos de las mujeres, todavía estaríamos viviendo en chozas”. No lo he dicho yo, no maten al mensajero.

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